jueves, 9 de diciembre de 2010

Tiempo de Miserables, 2da. parte

2da. Parte

MAS DE 1976...

Tras el derrocamiento de Isabel y la posterior asunción de la Junta Militar, el P.E.N. __llamado Poder Ejecutivo Nacional__ no tuvo mejor idea que disolver el Congreso y cerrarlo. Los nefastos personajes que condujeron el país hasta 1983 respondían a la teoría de la Seguridad Nacional... la antigua teoría creada en las Escuelas de las Américas en donde se formaron la mayoría de los dictadores de Sudamérica... para salvaguardar los más altos intereses de la Patria.
Ese era el cuadro de situación a mediados del `76. Disolución de los partidos políticos y la intervención de las Instituciones. Un verdadero golpe de estado y ni que hablar de los años que vendrían..,
En ese marco se designó un interventor para el Sindicato de Trabajadores de Comestibles __filial capital federal.
Demetrio Toranzo, a pesar de haber afirmado de antemano que estaba todo arreglado con los milicos, se enfureció al enterarse de que le cambiaron al interventor. Fue designado un Comodoro de la Aeronáutica.
__ Che, Bruno, parece que al viejo Toranzo le pusieron un Comodoro, un tal Nicolás Hertz, a quien no pudieron arreglar con anterioridad.__ decía Jorge Q.
__ Ya lo oí, y parece que el gobierno está pegándole duro a los sindicalistas: metieron en cana a Lorenzo Miguel, el de los Metalúrgicos, y a otros tantos__ Bruno, casi susurraba.
__ Creés que van a arreglar?
Bruno se quedó en silencio, y pensativo.
Creo que tiene miedo, pensó Jorge Q. y no siguió.

En una mañana muy gris del mes de julio, tocaron a la puerta de la oficina del Sindicato. Abrió Jorge Q. y se presentó un personaje que según su descripción poco después, parecía un muñequito de torta de casamiento: pelo corto y peinado a la gomina, traje oscuro y corbata al tono, y un perfume berreta que apestaba. Tal la descripción de Jorge. Lo acompañaban otros dos milicos llevando gruesos libracos de tapa dura... ¿Manuales de procedimiento, quizás? Creo que así se llamaban los libros.
__ ¿Se encuentra el secretario general Demetrio Toranzo?
__ Sí, señor... ¿quién lo busca?
__ ¡El Interventor Comodoro Hertz!__ taconeó sus pulcros zapatos negros.

Al rato, Jorge Q., por orden del viejo Toranzo, invitó a pasar a los personajes, quienes inspeccionaron todo, tomando permanente nota, conjuntamente con Toranzo y los hermanos Brochi, de todas las instalaciones del Sindicato. Después se encerraron en el despacho de Toranzo y deliberaron durante dos largas horas.

__ ¿Viste la cara del viejo?__ dijo Méndez mirando a Bruno y a Jorge__ blanco como la harina quedó con la visita... Já... Flor de cagazo...
__ Hablá despacio... __ recomendaba Bruno__ tengo miedo de que haya limpieza y quedemos todos en la calle.
__ Sí... no es imposible que nos rajen a todos y metan colimbas, mano de obra gratis.__ sonrió irónicamente Jorge Q.
__ No jodas Jorgito, la boca se te haga a un lado. Yo ya viví esto en la época de Onganía.
__ Ya sé... aquella vuelta que te afanó el bandoneón...__ ironizó Jorge.
-- Tratemos de hablar y mostrarnos amables con el coronel o lo que diablos sea__ aconsejaba Méndez.

De repente se apagó el diálogo porque en la puerta había aparecido el muñequito de torta con una sonrisa contagiosa.
Más atrás Toranzo y los Brochi, con otros dos milicos, al parecer por su expresión, bastante satisfechos por lo hablado.

__ No había dudas __comentaría después Bruno más tranquilo__ se habían puesto de acuerdo sobre la manera de conducir a sus representados, los obreros.
__ Qué alivio, macho __asintió Méndez.



LA BOMBA

Estábamos charlando sobre fútbol con Méndez y Bruno, recordaba Jorge Q.
__ Ché, Méndez, cantate un tango, bigotudo caminito de hormigas__ decía Bruno sonriente.
__ No, viejo, a Jorgito no le gusta el gotan, él es universitario, es un finolis. Se la pasa escuchando a ese Vivaldi que toca el violín, o qué sé yo...
Es que esa mañana habíamos cobrado la mensualidad y estábamos felices, recuerda Jorge Q. años después.

De repente una explosión y un estremecimiento hicieron temblar las paredes del sindicato. Los vidrios vibraron hasta el justo límite, antes de romperse. En ese mediodía el tiempo se detuvo. Tras la gran explosión hubo corridas, gente gritando. Las sirenas de las ambulancias parecían anunciar tragedia, muerte...
Estábamos a seis cuadras del cuartel central de policía. Una bomba terrorista acabó con la vida de decenas de personas y mutiló a otros tantos. Ese nefasto día nos preanunciaba más tiempos de desencuentro entre argentinos, tiempos de revancha.
Años después pude llorar ese ataque fanático llevado a cabo por bestias, que sólo conduciría a más violencia.
De un bando y del otro respondían de la misma manera... ojo por ojo... diente por diente... La Triple A de López Rega desparramaba guerrilleros muertos por nuestro suelo, y la izquierda reaccionaria devolvía con la misma moneda. Por eso recuerdo ese mediodía de tragedia y dolor. Tiempo de desencuentro... tiempo de miserables.


Archivo mi memoria para siempre
En lugares que no recordaré,
estampidas de bestias en mi mente
trataré de enjaular.
Corridas en los bosques
tras silbido de balas
trato de sepultar en vano.

Aunque no creo en tiempos
me ufano de valores y de amores,
pongo en mi mejilla tu aroma,
no de pólvora
ni de picanas
no de uniformes
ni de cruces svásticas
sólo tu aroma de mujer.
Creo en ti, más no puedo
dejar en el bolso del olvido
tan tremendas desdichas.

Niego fusiles y revoluciones...
Creo en un tiempo de utopías...
Soy yo, sos vos y mis espejos.
Quiero que el archivo de mi memoria
devore para siempre los miserables tiempos.



LA DESPEDIDA

Corría 1977. El gobierno de facto del general Videla se encontraba en la cúspide. En relación a la cuestión económica y a la desaparición de personas, por lo menos...
Hubo una ley promulgada por los genios conservadores de turno, a la que bautizaron ley de prescindibilidad. Por ella, el gobierno autorizaba a entes estatales o instituciones próximas a él, a dejar cesante a cuanto obrero o empleado quisieran. Siempre en salvaguarda de los más altos intereses de la Nación, claro...
__ Puro patriotismo__ pensó Bruno con la ironía que lo caracterizaba.
¿Y quién creen ustedes que fue el primero en gozar de los beneficios de la recién promulgada ley?__ recordaba Bruno, tiempo después, con un dejo de nostalgia__ Pues nada menos que Jorgito, él "subversivo".
__ Hermano, ¿te rajaron?__ le preguntó él con lágrimas en los ojos.
__ ¡Qué vas a hacer, Brunito...! Al lado de estos chorros no podía durar... Hablé demasiado y me buchonearon. Vos sabes... yo nunca me callaba.
__ Pero no nos podés dejar__ lloriqueó Méndez.
__ Se enteraron de lo que sabía. Revisé los libros contables y la guita que le giraban las empresas de comestibles en carácter de coima, ellos la hacían figurar como donaciones... Bah, qué carajo me importa, yo quiero ser médico. A estos chorros no los arregla nadie. Es el país de la joda, como constantemente repitió nuestro nunca bien ponderado amigo. Lo único que falta es que una noche entre también a mi casa Onganía, y me afane el estetoscopio__ replicó Jorge con sus ojos negros y tristones.
__ Te vamos a extrañar, muchacho. Sos un rebelde, casi anarquista, gracias a vos nosotros no nos achanchamos, nos mantuviste alerta, como un tábano sobre un noble caballo...
Entonces Bruno, llorando como un chico me estrechó en un abrazo, recordó Jorge Q.
__ Me hubiera gustado que fueras mi hijo __ murmuró en voz baja, emocionado__ Sospecho que no vamos a volver a vernos.
Bruno no tenía hijos y sabía que su vida concluiría entre esas cuatro paredes. Había nacido oficinista y moriría en su triste ley.
__ Yo soy sólo un ave de paso, Méndez, ya lo sé.
A Bruno, casi padre, no volví a verlo nunca más.



EL ASADO

Habían viajado desde el interior del país los secretarios generales de las distintas filiales para el Plenario General del año que corría, el `74 o `75, en realidad no lo puedo precisar con exactitud.
Ese Plenario se hacía para votar medidas y políticas que llevaría adelante el Gremio. En lo que respecta a Salud __con su Policlínico ubicado en la calle Estados Unidos__ y en lo Social __campos de deporte, compra de un hotel en Mar del Plata y otras menudencias.
Comenzaron a llegar los delegados y secretarios de las provincias. Llegó uno, secretario general de la filial Tucumán, que ya conocíamos y solía decir:
__ Ché Bruno, tocá qué corbatita tengo... Pura seda natural italiana...
__ Pobrecito el obrero__ comentaba el gremialista.
__ Que lo parió, negro fanfa... Nunca tuvieron un mango y ahora que afanan viajan en avión con nuestra guita __Bruno bajaba la voz para que no lo oyeran.
Méndez se mantenía callado y hacia como que trabajaba, sin levantar la cabeza del papel en blanco.

Siguieron llegando gremialistas, santiagueños, correntinos... y algunos dejaban sus pistolas sobre la mesa de Toranzo en el despacho.
__Ché, ¿los viste? Llegaron todos calzados. La oficina del viejo parece un arsenal. ¡Ja...!

De repente el viejo anuncio que estábamos todos invitados al asado que se realizaría en el garage del sindicato, para unos treinta secretarios y delegados, y nosotros, los empleados.
__ ¿Sabes cómo hacen el viejo y los Brochi para que les aprueben las políticas de compra de hoteles y campos de deporte?
__ No me lo imagino.
__ Los ponen a todos en pedo con vino y asado y los otros, después les votan lo que ellos quieran.
Méndez miraba para otro lado.

Era una mesa muy larga, corría el vino en jarra y el asado, mollejas, riñoncitos y asado de tira. ¡Tiempos de abundancia! Bruno comía como si hubiera sido la última vez en su vida.
__ Miren cómo agarra los cubiertos Jorgito__ comentó Pirri el contador__ él es de la aristocracia. Jua, jua...
__ Agarra con la mano__ aconsejó el santiagüeño, un poco pasado de tinto.
Entre jarras de vino y achuras pasó el mediodía, ameno y movido, hasta que al unísono dijeron varios:
__ Méndez, cantate un tango.
El, con voz de zorzal, entonó a capella Melenita de Oro... "Sus ojos me han engañado..."
Su voz era la de un auténtico porteño. Estuvo genial...







PLENARIO GENERAL

Salía de la oficina con un libro debajo del brazo ___recordaba Bruno__ Pasé por un corredor oscuro que conducía al ascensor, una caja negra, oxidada y con rejas, una verdadera jaula que nos llevaba a la sala de reuniones del primer piso. Pretendía ser una especie de sala de directorio, pero del subdesarrollo...
Era la semana del Plenario General. Ese viernes debían votarse algunos proyectos, impulsados por el viejo Toranzo. La compra del Hotel en Mar del Plata era una de las prioridades del crápula y yo había oído que la cifra de la transacción tendría varios ceros. No tengo la menor idea de lo que significa tanta guita... Y yo acá, llenando libros y pasando boletas de compra desde el 44 o el 45. ¡Más de treinta años! Para qué... Para que estos se metan en el bolsillo el vuelto por la compra de semejante hotel. Bruno mascullaba todo esto entre dientes, mientras se dirigía al ascensor. En este momento están comiendo y sobre todo bebiendo, todos los participantes del plenario. Si pudiera, fumigaría el garage con todos estos chorros adentro. El viejo los pone en pedo y después le votan cualquier cosa.

Cuando llega al ascensor contempla azorado al secretario general de la filial Corrientes agarrando la manija del ascensor como si fuera un salvavidas. Su cuerpo pendulaba y sus piernas se abrían como si pretendiera abarcar todo el piso.
__Che Brunito, ayudame a dentrar al bicho éste, porque no entiendo de estas máquinas. El piso se me viene movido__ y el correntino estalló la cara contra el suelo antes de que Bruno pudiera darle una mano. Desde alguna clarabo-ya un haz de luz entraba haciéndole brillar el diente de oro.
Llegaron los muchachos y ayudaron a Bruno a llevar al correntino hasta el sillón de Toranzo. Estaba del todo planchado y roncaba como una morsa.
En ese momento pasaban mil cosas por la cabeza de Bruno, el hotel de los obreros de Mar del Plata, sus treinta años de oficinista, su infancia cagado de hambre, Perón, y sobre todo la imagen de Onganía, el hijo`e puta.
__ Che Bruno, ¿a éste le dicen Empédocles? __ironizó Jorge Q. Nadie entendió la broma. No quedó en claro si lo dijo por la filosofía del gremialista o haciendo honor al nombre del pensador griego.



LA REVUELTA EN LA PLATA
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La ciudad de La Plata parecía estar en el centro de un cisma que rayaba entre la erupción volcánica de un lado, y la violencia represiva del otro.
Trataba en vano de salir de la calle 7, la principal, hacia alguna lateral, recordaba Jorge Q, cuando las filas de Franja Morada y otras agrupaciones universitarias, manifestaban, reclamando la aparición con vida de compañeros.
Estaba la policía de la provincia, parapetada y cruzando la calle 7 formando una hilera que la cortaba todo a lo ancho... Los muchachos de la cana estaban armados hasta los dientes y con variados elementos, desde palos hasta escopetas. Jorge corría entre una multitud enardecida.
__ Che, Flaco, codo con codo... aguantemos... ¡Fuerza, carajo!__ gritaba un compañero a su lado.
__ ¡Es Camps!__ decía otro__ Es el que manda chupar a los dirigentes compañeros. ¡Y encima nos manda cagar a palos!
De repente comenzaron los gases y las balas de goma, recordaba Jorge, mientras en ese lapso eterno se acordaba de los gremialistas corruptos, de los civiles del 55, de Onganía, de Videla, de Camps y de todos los santos.
Pasaba por su cabeza la imagen de la entrada de la Facultad donde el tío Sam era echado de una patada, y la leyenda: Yankis go home.
De repente vio un hueco en el costado de la columna de los estudiantes y se piantó por la calle 23. Por una de las laterales, corriendo y sudando llegó hasta la Terminal de micros. Allí tomó el Río de la Plata.
Durante el viaje se dio cuenta que había perdido el apunte de Farmacología y pensaba que la semana pasada había llegado al país la Comisión Interamericana por los Derechos Humanos para hacer denuncias sobre la desaparición de personas. Videla y sus compinches con su cínico fanatismo inventaron eso de... los argentinos somos derechos y humanos.
La situación del país se estaba poniendo muy densa.
Como si quisiera escaparle a esa dura realidad, Jorge Q entró en un profundo sueño hasta que lo despertó el chofer del micro cuando llegaron a Constitución.



MALVINAS
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"Les tocó en suerte una época extraña"
(Jorge Luis Borges, "Los conjurados")

Caía el sol en las tardes de Mercedes.
Jorge Q, lentamente, con su bolso en la mano, se retiró, la cabeza inclinada, de esos viejos edificios castrenses del Regimiento de Infantería VI con asentamiento en Mercedes.
El General Menéndez había firmado la rendición en Puerto Argentino, y entretanto, en Plaza de Mayo y sus alrededores había estallado una revuelta de gran magnitud en protesta por los engaños en torno de una guerra perdida desde el vamos.
Hubo represión violenta en la Plaza. Ese mismo gobierno canalla con Galtieri como máximo irresponsable de lo ocurrido, quien apenas unos pocos días atrás se ufanaba enarbolando victorias imaginarias ante el mismo pueblo al que hoy reprimía sin asco.
Ese gobierno miserable y que arrastraba la culpa de más de veinte mil desaparecidos, caería ante las urnas meses después.
Jorge Q., cuya vida oscilaba entre la ironía y la tragedia había recibido a principios de marzo la convocatoria por el conflicto bélico con Gran Bretaña.
"¡Es el llamado de la Patria!", se dijo irónicamente. Tomó un bolso de cuerina marrón, depositó en él algo de ropa y se dirigió en su Renault 4 rojo al regimiento de Mercedes, dejando a su familia boquiabierta.
Su esposa y su madre lloraban desconsoladamente.
"Por favor, avisen al trabajo que mañana no iré, y que no sé cuándo regresaré".
Fue su último mensaje antes de partir. Se despidió y marchó...

***

Llegué una mañana muy fría de Abril. Llevaba sólo mi bolso de cuerina, una pancita burguesa y un cerebro a cuestas, recordaba él años después.
Apenas ingresamos al Regimiento nos recibieron dos milicos vestidos con ropa de combate. Capitanes eran, lo supe luego.
Nos repartieron ropa de fagina, borceguíes, e inmediatamente un colimba peluquero comenzó a pasarnos la máquina "cero". ¡A mí prácticamente me peló!
__ Eh pibe, pará que me estás rapando __me enojé.
__ Mi subteniente ¡son órdenes de la superioridad!
__ No me llames así, soy casi médico... Me llamo Jorge Q., decime doctor Q.
__ No, mi subteniente, aquí usted es un superior.

Jorge Q. pensó que era mejor tranquilizarse. Vestido de combate con una insignificante y diminuta estrella de subteniente plateándole el pecho, trató de encontrar una respuesta a todo lo que estaba viviendo. Pensó: "¿Qué hago aquí, a los veintiséis años, casi médico, puesto que sólo me faltan dos materias, con una familia aterrorizada en Buenos Aires? ¿Por qué y por quién iré a luchar? No quiero esta guerra absurda. Yo sólo quiero ser médico".
Fue invadido por un pensamiento compulsivo que lo aterraba y se paralizó.

***

Tenía un grupo de compañeros subtenientes liceístas __de su secundario en el Liceo Militar Gral. San martín__ Carozo, su amigo veterinario, Costa, Alianga... el Negro Donga y otros diez subtenientes reservistas.
__ Ché Negro, tengo miedo. No recuerdo cómo se usan las armas. Ya transcurrieron diez años desde nuestro paso por el Liceo Militar__ se quejaba Carozo, mi amigo, casi hermano.
__ Yo menos... Atiendo un comercio y no tengo la más pálida idea de cómo se usa un FAL__ agregó Alianga.
__ Es una guerra inútil... eso es lo peor. Dicen que los ingleses no van a bancarse esta mojada de oreja__ comentó Jorge.
__ Dicen que la Tatcher va a mandar la flota Real inglesa y nos van a borrar las islas de un bombazo.
__ Además, nosotros conocemos bien a nuestros milicos... Para eso pasamos cinco años en el Liceo. Son unos nabos, lo único que hacen bien es pasarle pomada a los "borcegos", a las gomas de los Unimoogs y a los cañones para que brillen más. Ahí se les termina la ciencia...

En tanto, en Malvinas seguían conbatiendo y según las noticias que nos llegaban a través de los medios oficiales __ATC y las radios controladas por el gobierno de facto__ íbamos "ganando". Como si fuera un simple partido de fútbol, pensó Jorge angustiado.
El Regimiento de Infantería se preparaba para partir a fines de mayo. Mientras tanto, se entrenaba y adiestraba en el oficio de la guerra.

*

En una triste y fría mañana de mayo, neblina mediante, estaban los subtenientes en la cuadra donde dormían, en plena deliberación. Eran las siete y media cuando ingresó sigilosamente el subjefe del Regimiento, Coronel Díaz Punzó. Con voz enérgica, los increpó:
__ ¿Qué hacen los subtenientes a estas horas de la mañana en el dormitorio? ¡Afuera! ¡Carrera march! __gritó casi fuera de sí.
Los aludidos salieron como un rayo hacia el patio de armas... Todos menos uno... Jorge Q. se quedó mirando de frente al Coronel:
__ Perdón, señor, quisiera hablar con usted un momentito.
__ ¡Qué señor ni señor! Se dice "mi coronel solicito autorización para hablar con usted". Ese es el lenguaje de un oficial del Ejército Argentino. ¿Acaso usted no sabe que hay dos lenguajes y que acá no puede usarse el lenguaje civil?
__ Señor... debo decirle que yo no soy militar... Soy casi médico, y he sido convocado por la Nación, y gustosamente he de cumplir con la Patria, pero no me grite, señor...
Hay que aclarar en este punto algo de vital importancia: a medida que este insólito diálogo se desarrollaba, el semblante del Coronel fue cambiando y adquirió inicialmente un rojo púrpura que viró hasta el violeta, el que, en su tez blanca, casi germana, hizo erupción cual volcán de Muraroa.
__ ¡A la Dirección, carrera march! ¡Pedazo de "tagarna", inepto! ¡Usted es un oficial del Ejército y me debe respeto porque soy su superior!
__ Perdón, señor, pero yo soy casi médico y no le permito... __la voz de Jorge Q. era firme, pero de tono normal.
En la Dirección del Regimiento estuvieron reunidos con el Jefe durante más de una hora. Este trató de apaciguar en alguna medida los ánimos exaltados.
__ Mire subteniente Q, el Coronel es un Infante de Carrera. Yo a usted trato de entenderlo y sé que se siente médico y que esta situación se le hace difícil... Pero aquí es un oficial del Ejército y como tal debe responder y comportarse__ dijo con voz firme pero en tono todavía conciliador.
__ Si el Coronel quisiera...__agregó el jefe de Regimiento, ahora con voz amenazante y cínica__ podría arrestarlo. Recuerde que estamos bajo reglamento de guerra y las penas son severísimas. Entiéndalo de una vez por todas, subteniente.
__ Sí, mi coronel__ recapacitó Jorge Q.
De esa manera su eterna rebeldía le creó un conflicto con el subjefe y casi sin proponérselo, termina entre rejas, o en el peor de los casos en un penal por insubordinación.
No cabía duda de que hablaban distintos lenguajes y el discurso pausado y lógico de Jorge Q. puso en ridículo al Coronel.
El subteniente Q. cumplía arresto en la cuadra donde se alojaban los oficiales. Le habían quitado la pistola 45. Sólo tiempo después se enteró de que para ellos era una deshonra retirarle a un oficial la pistola reglamentaria.
"¡Qué boludez!, pensó cuando lo supo, más deshonra es mandar a pibes de dieciocho años al muere... En realidad son unos cobardes...", concluyó, en su habitación, mientras tomaba un mate amargo medio frío.


EL MEDICO DE GUARDIA
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Jorge Q. había cumplido veintisiete años cuando recibió su diploma de médico en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de La Plata. Era la misma ciudad que lo cobijó, __en la que habían menudeado los bastonazos y las balas__ la de las caminatas tranquilas por los bosques, cuando el sol se despedía detrás de los eucaliptus. La misma ciudad que le regaló el tan ansiado y luchado título de médico.

Inmediatamente ingresó como médico concurrente, por selección entre muchos postulantes, al Centro Neurológico del Hospital Francés. El viejo Hospital Francés que con tanta sapiencia e investidura galardonaba sus pabellones, recordaba él años después,
le había dado sus primeras lecciones en el arte de la neurología.
El novel médico ingresó paralelamente como médico de guardia en la Clínica Rivadavia de Haedo, en la provincia de Buenos Aires.
Al Hospital Francés concurría a aprender el oficio, en carácter honorario. Así constaba en su curriculum. Pero él tenía una familia y debía ganar un salario... trabajando, la única manera que conocía y había aprendido desde los dieciocho años en que comenzó a ganarse la vida en la calle.
Pero Jorge Q. tenía especiales características de personalidad. Continuaba acrecentándose en su sangre joven esa rebeldía que siempre lo había sobrevolado, ya desde
su paso por el Sindicato y en las otras actividades que siguieron.

__ Ganamos la democracia pero el sistema de salud sigue con la corrupción que lo caracterizó siempre__ comentó Jorge Q. a un colega, el doctor Tasca.
__ Y bueno, Negro, los que sufrimos los coletazos somos siempre los médicos jóvenes.
__ Lo que sucede es que estos sueldos son indignos, miserables, y además tenemos que hacernos responsables por cincuenta camas... con las patologías terminales que nos llegan. Y el doctor Trotta __haciendo referencia al Director__ viene y hace la recorrida y luego se raja dejándonos el fardo a nosotros.__ completó el doctor Q.
Entró de pronto, sin pedir permiso a la habitación de los médicos, una enfermera.
__ ¡Doctores, una urgencia en la Guardia!
Bajaron ambos por la escalera a toda velocidad y estuvieron en la guardia junto a un tercer médico y tres enfermeras. Eran dos ingresos y los dos con edema de pulmón.
__ ¡Suero a goteo lento, digoxina intravenosa... diuréticos!__ ordenaba con voz firme Jorge Q.
Las voces y las corrridas de los médicos y enfermeras se apagaban. Pero las gesticulaciones de éstos y sus movimientos aparecían veinte años después ante los ojos de Jorge como si se hubieran desarrollado en cámara lenta.
El rostro de uno de los pacientes recobraba su ritmo respiratorio, y los estertores, al desaparecer, le arrancaron al joven médico un lagrimón de gratitud.

***

Cuando digo médico digo magia.
Por ese juego fantástico que nos ha tocado vivir, el de relacionarnos con nuestra gente, el de "curar".

Cuando recuerdo mis comienzos en el viejo pabellón del Hospital Francés y las Guardias... Digo magia.

Porque fue ese fuego de juventud el que nos hizo correr de guardia en guardia y meternos en ese vértigo arrollador entre la vida y la muerte.

De sentirse gratificado sólo por el deber cumplido.
Por eso cuando digo médico, digo honor y ética.
Cuando digo años digo... recuerdos y añoranzas.

Dichoso aquel que guarda entre sus años de médico... un guardapolvo blanco, una mano acariciando al enfermo y simplemente un "Farreras" apolillado y con moho en un lugar del corazón... Por eso cuando digo años digo añoranzas.




TESTAMENTO
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Tengo setenta y cinco años, acabo de cumplirlos hoy, .. de enero__ se decía con voz tranquila, pausada, Jorge Q.
Se mira al espejo y observa su pelo blanco, sus arrugas serenas y solemnes que bajan por las mesetas de sus mejillas. Los ojos negros y rasgados brillan... sueñan un pasado eterno en un solo minuto, eterno también.
Mis recuerdos duermen debajo de mi almohada, reflexiona, Una vida llena de sensaciones... mis amores... mis dos hijas a mi lado... mis recuerdos de médico de guardia... mis transgresiones... mis viajes... la clínica Rivadavia en Haedo... los viajes a Suiza... Aquella tarde gris en Montreux, París de mis amores, frente al teatro de la Opera.. El Liceo Militar, cuando apenas asomaba mi adolescencia... la oficina de los gremialistas en la década del 70 que como una humorada de la vida me vuelve a convocar como médico en el 79 en el policlínico de la Unión Obrera Metalúrgica, repitiendo acontecimientos conocidos. Como un dejà vu... como un eterno retorno.
Miro hacia atrás y veo a mis hijas.
Miro hacia adelante y veo los años que me restan, en paz. Veo a mis nietos.
A ellas les dejo mis libros, mi metafísica del amor, algunas menudencias materiales, mis recuerdos. Dejo mis ojos de mirada rasgada a cada una de ellas __por igual a ambas porque no puede dividirse el corazón__ y mis sueños inconclusos.

1997.-


Jorge de las Casas
El Hombre de las Utopías.
Editorial Dunken.1998

Tiempo de Miserables ( O autobiográfico)

A Bruno. A quien nunca busqué por eltemor de que sólo haya sido
un fantasma de mi imaginación.

Y a mis Padres.


Tiempo de Miserables comienza como un cuento y sigue como un cuento largo, aunque sólo el destino sabe si terminará siendo una novela. Los estrictos modelos tradicionales que impone la narrativa lograron confundirme un tanto con respecto a la estructura que debía darle.
Loa capítulos de Tiempo de Miserables pueden no leerse, necesariamente, en el orden en que aparecen. Lo que importa es llegar a conocer a los personajes, y la sucesión cronológica tiene en este caso menos importancia que el contenido mismo.
Se trata de un relato cuyo protagonista es un joven estudiante de medicina __Jorge Q__ que bien podría ser cualquiera de nosotros. Es posible, creo, identificarse con él. Es de carne y hueso, sufrió y luchó contra un sistema que siempre termina expresando su opresión contra el transgresor, un sistema que no le permitió determinadas actitudes en ciertos casos, y en otros, el personaje se sobrepone con tozudez.
El entorno social se desliza entre los años 70 y parte de los 80, donde el personaje lucha, persiste y convive con el sistema. No es un héroe; tampoco un antihéroe; puede ser, sí, un rebelde transgresor que no acepta determinadas reglas sociales, sólo las propias que, equivocadas o no, son determinantes de una conducta coherente hasta su ocaso.
Los acontecimientos, ya lo sospechará el lector, no son ficticios; ocurrieron en el contexto histórico y político de una Argentina agiornada __en el tono se adivina que quien relata sabe lo que ocurrió después. El perfil de los personajes se mantiene fiel a la realidad.
Tiempo de Miserables trata de ser el testimonio de una época con una postura ética ante la vida. Me gustó jugar con los personajes y dejar que ellos llevaran mi pluma a través de sus emociones y nostalgias. Por momentos, fui yo un personaje más y fue en esa condición que me permití intervenir en el relato.

I

LOS PERSONAJES

En el Otoño de 1974 Jorge Q., con veinte años, ingresó como empleado de oficina en el Sindicato de Comestibles.
Sus compañeros Bruno y Méndez, oficinistas que pasaron buena parte de su vida allí, se habían ya resignado al oscuro porvenir de los sumideros.
Jorge Q. recuerda con gran cariño su paso relativamente fugaz por ese sitio. El trabajaba para mantener una familia y costearse los estudios de medicina en la Facultad de La Plata.
Recuerda Jorge a Bruno que solía quejarse.
__ Este miserable país es el país de la joda, donde todos son chorros...
O en ocasiones solía recordar otro episodio con una amargura que no empalidecía con el paso del tiempo:
__ ¿Sabés una cosa, Jorgito? Un día entró Onganía a mi casa mientras yo dormía y me afanó el bandoneón. Por eso, desde entonces no toco más.
Esto lo decía en alusión al hecho de que en la crisis económica del 66 tuvo que empeñar su amado instrumento de resonancias porteñas. La oficina en pleno estalló en una carcajada. Su broma irónica dejaba entrever una tristeza en sus ojos negros de porteño melancólico.
Bruno era un hombre de escasa instrucción, pero de gustos refinados. Tenía una profunda concepción ética de la vida, aunque era un ser desesperanzado, carecía de fe y de temple.
__ Es el país de la joda...__repetía hasta el hartazgo.
Méndez, en cambio, tenía mucho de veleta. Y sin eufemismos, Bruno decía de él que iba por donde lo llevaba el viento.
__ Méndez, bigotito de hormiga...__ le decía Jorge Q. refiriéndose a la estrecha línea oscura que le cruzaba el labio superior de comisura a comisura, a la usanza de los antiguos tangueros o de los traidores del cine mudo.
__ Cantate un tango__ le gritaban al unísono los muchachos.

Jorge Q. reflexionó años después sobre los oficinistas del Sindicato y su semejanza con aquel personaje del cuento "El Capote", de Nicolás Gogol, en donde el autor hace una descripción minuciosa de la vida rutinaria de un oficinista de San Petersburgo, sus hábitos... su tristeza... su desesperanza. ¡Qué similitud con esa otra imagen que aún recuerda! Tanta distancia entre San Petersburgo y Buenos Aires y tantas coincidencias... se repetía.
Para completar el cuadro de situación en la oficina del Sindicato faltaban Néstor Brochi, jefe de empleados y Raúl Brochi, tesorero, hermanos y corruptos.
Le decían con caradurismo sin par:
__ Jorgito, anotá en el Libro de Caja estos avales: cena con los compañeros de la filial Mendoza, ciento cincuenta mil pesos; nafta de los coches del sindicato cien mil; gastos del asado y regalos para la filial Concordia... etc. etc...
"Todo afanado", solíamos decir a solas con Bruno.

El otro personaje era el secretario general, Demetrio Toranzo, que tenía alrededor de setenta años y llevaba más de veinte en el cargo. Elegido y reelegido con sufragios truchos, y bue... así es la cosa. El gran miserable, acomodado con los gobiernos de turno, ya fueran peronistas o de facto, lo mismo le daba, él siempre en pie.
__ Se trasladan con un Falcon modelo 75, con chofer, comprado con la plata del sindicato__ solíamos decir a solas con Bruno.
II

ELECCION DE SECRETARIO GENERAL

A fines del `75 se realizaba la elección a Secretario General. Demetrio Toranzo debía ser reelecto y llegaría a cumplir veinticinco años al frente del sindicato. Esa era la orden. El muy crápula había tomado contacto con los referentes de las filiales provinciales de su misma calaña. Todo estaba arenado y arreglado a la usanza de la época del fraude de los conservadores. El viejo Demetrio lo sabía, y estaba acostumbrado a echar mano de todo tipo de recursos.
__ ¡Yo provengo de las bases y me debo a mis trabajadores!__ mentía con el más descarado cinismo.
Bruno, Méndez y Jorge Q., así como ochocientos o mil empleados más de otras filiales de la capital, deberían votar con carnet falsificado.
Bruno relató a Jorge Q. __con la ironía que lo caracterizaba__ su propia epopeya. Le hicieron un carnet de afiliado al sindicato y le explicaron: Vos te llegás a la puerta de la sede central donde están las urnas. Allí hay dos negros grandotes custodiando para que no entren a votar los de la lista opositora. Les hacés una seña y te dejan entrar, entonces tirás nuestra boleta en la urna. ¿Entendiste?"
__ Pero __preguntó Bruno_ ¿qué va a cambiar una sola boleta y un solo carnet, en tantos miles de electores?
__ No, gil, hay miles de carnets entre cientos de empleados de las distintas filiales. No te olvides que nuestra lista y Demetrio Toranzo hace veinte años y pico que venimos manejando el gremio para bien de nuestros trabajadores__ acotó Néstor Brochi.
__ Menos mal... __ susurró Bruno entre dientes, aunque Brochi no lo escuchó.












III

EN LAS PUERTAS DEL SINDICATO...

Llegué a las nueve de la mañana de un miércoles. Méndez ya había votado, llegó a las ocho y media y se retiró después del trámite. Jorge Q. había faltado porque tenía examen de Patología, creo.
Había una multitud agolpada en la puerta de la Sede. Estaban los dos negros grandotes, custodiando la puerta, tal como nos habían dicho los dirigentes. También se había reunido un grupo disidentes y tocaban el bombo y cantaban la marchita... A la gran masa del pueblo imaginé, y de repente una avalancha me apretujó contra una columna cercana a la puerta.
"Me ahogo", llegué a gritar y el carnet de afiliado que tenía en la mano se fue a la mierda. Se agarraron a piñas entre los dos bandos y el bombo peronista rodó por el empedrado de Humberto 1º hasta estrellarse contra el cordón de la vereda... Se me cruzó por la cabeza el rostro de Onganía afanándome el bandoneón y las trompadas entre anarquistas __o qué se yo cómo llamarlos__ y los acérrimos "defensores" de los obreros, llovían como granizo. Milagrosamente logré escapar, rajando por Humberto 1º hasta llegar a la avenida Entre Ríos, donde realmente pude respirar. En una vidriera me vi con un ojo en compota.
Todo sea por la causa del proletariado argentino y mis treinta años de oficinista, o por Demetrio Toranzo, Secretario General de los Trabajadores. Amén.

















IV

1976

"Se espera la caída de Isabel", decía el viejo Demetrio Toranzo delante de los oficinistas, con voz socarrona y casi grotesca.
Esto ocurría después de haberle hecho mil y un paros desde su asunción tras la muerte del General Perón.
En cuarenta y ocho horas debe abandonar la Casa Rosada; por lo menos es ésa la información que tenemos. Luego asumirá la Junta Militar presidida por el Ejército.
__ Al fin y al cabo todo está arreglado con los milicos que entran__ comentó el contador Brochi en privado.

Después del fatal pronóstico del miserable Toranzo, caía Isabelita y era trasladada en un helicóptero del ejército hasta una prisión militar.
De repente, la cadena nacional de radio y televisión emitió un mensaje al país del General Videla.
__ Asumió la Junta Militar y el comienzo del Proceso de Reorganización Nacional para la reconstrucción del país y el rescate de los valores occidentales y cristianos. Es el llamado de la Patria__ decían insistentemente los integrantes de las Fuerzas.
Bruno, azorado y en voz baja, se lamentaba.
__Otra vez las botas. Nos van a cagar de hambre con sus conservadores. Jorgito... ¿conociste al escritor Rodolfo Walsh?
__ No, Bruno.
__ Un gran periodista y escritor, bastante censurado por la derecha y el gorilaje. Escribió sobre los fusilamientos de José León Suárez.
Allá por el `56, cuando los gorilas derrocaron a Perón, el general Valle con un grupo de patriotas se habían sublevado y fueron emboscados en un descampado en la localidad de José león Suárez y fusilados... literalmente masacrados. La orden fue dada por Aramburu o Rojas, ... da lo mismo.
__ ¿Ese Rodolfo Walsh, dijiste, es zurdo?
__ No, Jorgito, es un periodista de valor, que se la jugaba. No sé dónde estará escondido. Yo viví todas esas épocas, no te olvides que tengo sesenta y cinco años. Hace treinta que trabajo con estos miserables chorros. Estos no defienden a los obreros, se defienden a sí mismos. Roban a cuatro manos y se acomodan con el gobierno de turno.
Cuando bombardearon la Plaza de Mayo en el `55 ¿dónde estaban estos crápulas, los hermanos Brochi, digo, Toranzo y tantos otros hijo e`puta?
__ ¿Vos estuviste, Bruno?
¡Para qué...! Me endilgó una perorata de media hora justificando su posición.
__ Mirá, muchacho, yo soy peronista, pero no ocupo cargo alguno, no represento a los obreros ni soy vocero del pueblo. Yo laburo desde mi lugar y con mi trabajo aporto mi granito de arena, desde los catorce años no hago otra cosa que laburar, y pasé hambre... Pero Perón nos sacó de la miseria.
No seguimos hablando. se cerró el diálogo con un silencio sepulcral, como preanuncio de los tiempos que vendrían...
Nuestra historia se caracterizó siempre por silencios y antagonismos. Por las divisiones irreconciliables entre nacionalistas y conservadores... entre peronistas y gorilas...
Muchos años después supe de Rodolfo Walsh. Recordé los relatos de Bruno. Me enteré de los pesares de Walsh y por supuesto, de su brutal asesinato.



V

EN LOS BOSQUES DE LA PLATA...

Tenía veintiún años y ya había nacido mi primera hija, allá por el mes de abril de 1976.
Cuando terminaba mi horario de oficina corría a tomar el tren a la estación Constitución, que me llevaría a La Plata.
Estaba cursando algunas materias del segundo año de medicina: Patología en la 2ª Cátedra, si la memoria no me falla, y Microbiología.
Cada vez que arribaba a destino, a esa vieja estación del Ferrocarril con hierros herrumbrados y llena de cirujas, hacía dedo y de esa manera llegaba a los bosques. Desde allí emprendía una caminata de ocho o diez cuadras hasta la Facultad.
El `76 y el `77 fueron años duros.
Una mañana me encontraba cruzando el bosque. Hacía frío, era el mes de junio o julio, no recuerdo, y empezaron a sonar los disparos. Desde el suelo donde me eché, no veía a nadie. Se escuchaban cada vez más lejanos y después oí ruido de metralletas. Me asusté y corrí hacia la Facultad. Estaba a dos o tres cuadras de distancia y esta vez los balazos de acercaban, se acercaban, silbaban y hacían eco en el fondo de los grandes árboles del bosque platense.
Cuando llegué a la Facultad, estaba el Ejército requisando los bolsos a la entrada. Dos tanquetas y camiones del Ejército estaban apostados en la entrada principal.
Un sub-teniente vestido de fajina, con borceguíes lustrosos y su estrella plateándole el pecho, con voz firme me dijo: "Jorge Q., cadete liceísta ¿qué hace por acá?
Lo reconocí, era un compañero del secundario, de mi paso por el Liceo Militar San Martín.
Estaba en la puerta de mi Facultad, pidiendo documentos a admitiendo la entrada de aquellos que a los que no les veía cara de subversivos.
__ Pasá, Jorge Q. Pórtense bien, y a estudiar. A no hacer política.
Debo reconocer que a los veintiún años no podía ver la cruel realidad que nos envolvía en esos años infames. Tampoco sobre la desaparición de personas en los años venideros. Tenía una gran ceguera. Sólo me importaba estudiar y trabajar.
Años después, quizás una década o más, me dolieron esos balazos del bosque platense. No podía olvidar las imágenes der la entrada de la Facultad: el tío Sam con su sombrero pintado con la bandera norteamericana y un gaucho propinándole una soberana patada... Y una leyenda que decía: "Yanquis, go home".